A.Espinosa-diálogopolítico

08 septiembre 2006

INMIGRACION E INTEGRACION

La historia del hombre es un continuo movimiento migratorio de grupos humanos. La evolución del género humano se basa, fundamentalmente, en la competencia entre grupos por los recursos naturales y el territorio. La etología (estudio del comportamiento) nos enseña que componentes de competitividad y territorialidad han estado presentes en el comportamiento de las colectividades humanas hasta nuestros días.
Lo que hemos cambiado es la forma de resolver los conflictos derivados de nuestra condición biológica. La sustitución de la guerra entre grupos (todavía hoy demasiado presente) por su acomodación mutua en reglas morales y políticas pactadas, constituye un rasgo de civilización y de progreso social.
Las sociedades europeas, ante la llegada masiva de personas de otras latitudes, han ensayado: a) la asimilación y b) el multiculturalismo radical como modelos de integración. Estos han funcionado parcialmente, pero también han generado muchos problemas, a tenor del auge de guetos y de las grandes diferencias laborales, económicas y educativas.
a) El modelo asimilacionista se basa en una propuesta de uniformización cultural: se propone y se supone que los grupos y minorías van a ir adoptando la lengua, los valores, las normas, las señas de identidad, de la cultura dominante y, en paralelo, van a ir abandonando las de su cultura propia.
Los extranjeros son bienvenidos siempre y cuando acepten y asuman como propia la cultura, el idioma y los valores del país de acogida.
A cambio de trabajo y derechos básicos como educación y sanidad, los inmigrantes han de contribuir a mantener la identidad étnico-cultural del grupo territorialmente dominante.
Este modelo, deudor de las tesis comunitaristas, considera la cultura nacional portadora, no sólo de la lengua, sino también de unos valores compartidos, esto es, una concepción de “vida buena” nacional, una especie de horizonte moral y político comunitario, cuya asunción discrimina al “nosotros” del “ellos”, lo “propio” de lo “ajeno” según la máxima: “así es como nosotros hacemos las cosas aquí”
Entendida así la cultura, resulta a) contraria al pluralismo tanto de intereses como de valores, fines e ideas de vida buena, propios de todo país democrático, y b) incompatible con la idea irrenunciable de libertad como autonomía individual capacidad de evaluación crítica de interpretaciones y valores recibidos, de construcción personal de la idea de bien y revisión de los propios fines.
El modelo se sustenta en una visión estática de la cultura. Asume que las culturas son algo dado de antemano por la historia de cada país, un conjunto cristalizado de varios elementos: lengua, historia, símbolos, etc. Las ciencias sociales han puesto de manifiesto que esta pretensión es empírica y teóricamente insostenible: las culturas no son totalidades compactas y congeladas, sino procesos abiertos de construcción política, resultado de conflictos y luchas internas y externas.
La cultura no se puede asumir como herencia intocable del pasado, sino que debe formar parte del debate público presente. La lengua, la cultura, la relación entre las diferentes lenguas con presencia en la comunidad, los objetivos y los programas de gobierno etc., han de dejar de ser elementos autoevidentes, supuestamente garantizados por la solidez indiscutida de la “realidad incontestable” étnico-cultural para transformarse en materia de debate abierto a todas las voces y acuerdo o conflicto democrático.
b) El multiculturalismo radical. Bajo este término me refiero al modelo que defiende el desarrollo de las culturas separadas e incontaminadas y donde se incentiva a los ciudadanos a vivir en su comunidad y a tolerar a las otras comunidades. En algunos países, como en Alemania, ni siquiera se otorga la nacionalidad a los inmigrantes. Las consecuencias del multiculturalismo radical son la formación de guetos difícilmente permeables, las políticas para comunidades concretas (para latinos, para africanos, para paquistaníes…) y las grandes diferencias económicas y de poder entre unas comunidades y otras.
Uno de los grandes problemas del multiculturalismo es el reconocimiento a los líderes tribales (o de comunidades) como interlocutores con las otras comunidades o con el propio Estado. Esto otorga un poder y un control a estos líderes sobre sus comunidades, que hace que siempre estén interesados en mantener el status quo, para lo que deben fomentar las diferencias entre los grupos, evitar la mezcla y reforzar la identidad de su comunidad.
El multiculturalismo radical reconoce la diversidad, pero se limita a afirmar una especie de cohabitación entre los grupos, donde cada uno cultiva su diferencia en oposición a los demás. Se crean “sociedades paralelas” que coexisten sin apenas interacción entre ellas.
Quizás el rasgo más criticable sea el énfasis que el multiculturalismo radical otorga al relativismo cultural con la peligrosa afirmación de la equivalencia de valores y su excesiva preocupación por la singularidad, en detrimento de la dimensión universal.
Ante el fracaso de los anteriores modelos surge y cobra cada día más fuerza el modelo, mucho más inclusivo, de mestizaje intercultural democrático que supone un proyecto político que, partiendo del pluralismo cultural ya existente en prácticamente la totalidad de las sociedades, no se limita a la yuxtaposición cultural del multiculturalismo radical, sino que tiende a desarrollar una nueva síntesis cultural. Un proyecto político que supone una nueva reformulación multicultural y deliberativa de la idea de cultura y nación. Toda comunidad debe considerarse (por que realmente lo es): 1) culturalmente plural, resultado de multiplicidad de prácticas, creencias, narrativas y usos lingüísticos; y 2) abierta al exterior, resultado de un flujo de intercambios, incorporaciones y mestizajes; 3) cambiante, resultado de las experiencias y luchas internas y externas; y 4) conflictiva, esto es, objeto de disputas por la hegemonía en la imposición de una versión determinada, de una articulación siempre contestable de intereses nacionales e intereses de grupo.

El mestizaje intercultural democrático puede ser definido como aquel modelo de organización social que afirma la posibilidad de convivir armoniosamente en sociedades, grupos o comunidades étnica, cultural, religiosa o lingüísticamente diferentes. Por tanto, valora positivamente la diversidad cultural. Además, reconoce un marco común para todos, basado en la igualdad de derechos y deberes, en la igualdad de oportunidades y en la posibilidad real de participación en la vida pública y social de todas las personas y grupos con independencia de su identidad cultural, religiosa o lingüística.

Supone, pues, un cuerpo de ciudadanos activos con los mismos derechos y deberes, que comparten el mismo espacio público y un proyecto democrático común, con respecto a la ley y a los procedimientos jurídicos y políticos. Estos ciudadanos pueden tener distintas identidades y prácticas culturales, tanto privadas como públicas. Estas opciones de cultura e identidad no afectan a su posición en el orden social, económico y político. A nivel cultural, como las prácticas culturales no se reducen al ámbito privado sino que tienen visibilidad pública, la interculturalidad será inevitable y cada vez más frecuente. Así pues se producirán intercambios, mezclas, hibridaciones, mestizajes.

Así como en su momento, en la tradición política occidental, Iglesia y Estado se separaron y la religión pasó al ámbito privado, en la actualidad, la democracia intercultural, exige secularizar el demos, es decir, que ninguna nación hegemónica pueda apropiarse del estado o de las instituciones de autogobierno. Las identidades, son un producto del libre desarrollo de la personalidad de cada individuo y los poderes públicos están obligados a respetarlas pero no autorizados a gobernarlas y menos aún imponerlas.

07 julio 2006

Poder, antinacionalismo y democracia

Dicen muchos que es natural que se aproveche el poder para barrer para casa. Y es bien cierto, es un comportamiento humano perfectamente comprobable todos los días. Pero no es menos cierto que ese partidismo o egoísmo individual, de clase, o nacional, ha sido y es combatido por personas e ideologías que hacen suyos los principios de igualdad y solidaridad.

Natural, por humano, es el partidismo y anteponer el interés particular al general. Natural, por humano, es la lucha por la igualdad, la solidaridad y la primacía del interés general. Ambos comportamientos los veo naturales; pero, aunque el primer comportamiento sea más frecuente y más normal, yo apoyo los segundos. Creo que el valor social de los segundos es infinitamente mayor.

Resulta archifrecuente y natural que los grupos dominantes enmascaren sus intereses disfrazándolos de interés general y/o nacional. Por eso ha de haber personas e ideologías que denuncien esa manipulación, a sabiendas que serán tachadas de enemigos de la patria o de la nación.

Los que denunciamos el nacionalismo como ideología de dominación y encubridora de intereses partidistas, somos considerados enemigos de España (por unos) y de Cataluña, Euskadi, etc, (por otros). Depende de que nacionalismo critiquemos y en donde lo hagamos.

Utilizar los poderes públicos para imponer una cultura sobre otra, en un determinado territorio, es un intento de dominación, contrario al principio de igualdad y respeto al multiculturalismo. El nacionalismo cívico es permisivo con el multiculturalismo, pero siempre y cuando no cuestione, no ponga en entredicho, la cultura hegemónica. Es decir la del grupo, que por su poder, se ha atribuido el carácter de “cultura nacional”. Por supuesto les importa poco si las otras culturas representan un 1% un 25% o un 50%.

Si se aduce que el acceso a los poderes públicos se hace democráticamente. Tengo que decir que nada hay que objetar sobre la legitimidad democrática del proceso de dominación-asimilación que en el caso de Cataluña llevan a cabo los nacionalistas catalanes. Se hace cumpliendo los parámetros democráticos de las sociedades occidentales y democráticas.

Sin embargo, todos sabemos que esas sociedades tienen un “sistema democrático imperfecto”. Una democracia muy mejorable, controlada desde los medios de comunicación. Creo que no exagero demasiado si digo que, básicamente, la opinión pública se configura día a día, a través de los medios de comunicación, que a su vez son propiedad de los grupos dominantes. Es decir de aquellos que cubren sus intereses con las banderas.

En consecuencia, si las élites dominantes se alían con uno u otro nacionalismo, y por tanto, los medios de comunicación se alían con uno u otro nacionalismo, los no nacionalistas lo tenemos muy difícil en esta democracia. Voy a poner un ejemplo. Durante la fase de aprobación del estatuto de Cataluña, los medios contrarios al nacionalismo catalán, pero no al nacionalismo español, nos han permitido expresar opiniones contra el nacionalismo catalán por oportunidad táctica. Ahora, una vez aprobado, es muy posible que se nos cierren en gran medida dichas tribunas. ¿Sabeis cual será la lectura desde Cataluña? Estos no nacionalistas solo están cuando interesa a sus amigos los españolistas. La realidad es que estamos siempre, pero aparecemos, es decir nos hacen aparecer, cuando ellos quieren. Ni que decir que los medios nacionalistas catalanes nos ignoran.

Por eso los no nacionalistas, como cualquier otra ideología que no descanse en el poder establecido, junto a la crítica al nacionalismo, tenemos que añadir demandas de calidad democrática.

Voy a finalizar este artículo haciendo una definición de España: España es una sociedad de ciudadanos iguales en derechos y libertades, que se fundamenta no en la tradición, el común origen, la historia o la cultura compartidas, sino en la adhesión a los principios y valores políticos de la democracia, la libertad y la igualdad. Una sociedad fruto de un proceso multisecular de interacción reciproca de pueblos interdependientes dotados de autogobierno en el marco de la Constitución y de los diferentes Estatutos.

Como toda definición seguro que es mejorable. Su única pretensión, es desvincular ciudadanía de nacionalidad. Haciendo que quepan en ella ciudadanos con sentimientos nacionales diferentes.

30 mayo 2006

El virus del nacionalismo

Todos tenemos un sentido de pertenencia, de identidad. Todos experimentamos un apego por lo nuestro y lo próximo. La autoestima y la identidad son sentimientos que facilitan el desarrollo personal.

El nacionalismo es un virus que utiliza dichos sentimientos como caldo de cultivo inicial y posteriormente los exalta y contrapone con los de otras personas. Si nuestras defensas intelectuales no lo detienen y mantienen estable y bajo control, se va apoderando de nuestro ser. Nos consideremos de izquierda o derechas, si nuestro sistema inmunológico-intelectual no esta bien armado de igualdad, libertad, solidaridad y tolerancia, el nacionalismo nos va contagiando y enfermando; y acabamos por reconocernos nada más que en “nuestra comunidad nacional”. El resto de los humanos son “los otros” y cuanto más próximos y reales los percibimos, mayor es nuestro rechazo. Los queremos cerca sólo si se diluyen en el “nosotros” y dejamos de percibirlos diferentes.

En un estado avanzado de la patología, el nacionalismo pone la lealtad nacional por encima de cualquier otra lealtad y el deber a la patria o la nación se antepone a cualquier otro. El ciudadano deja de ser el fundamento de la nación para acabar siendo su vasallo. La personalidad del individuo y sus derechos, dejan paso a la personalidad nacional y a los derechos nacionales. La nación se convierte en sujeto de derechos, los ciudadanos en sujeto de deberes para con ella. Cualquier sacrificio se puede pedir en su nombre: “Todo por la patria” nos exigía el régimen franquista.

El nacionalismo entiende y permite la existencia de otros nacionalismos fuera de su “propio territorio” porque incluso le ayudan a legitimarse, pero son incapaces de comprender la disidencia y la pluralidad interna, ésta se les hace intolerable; por eso quienes ya están enfermos de nacionalismo pueden llegar a decir: “El que no se siente nacionalista ni quiera a lo suyo no tiene derecho a vivir”; y los demás enfermos que comparten hospital le aplaudan. Dichas palabras fueron pronunciadas por el senador del PNV Javier Maqueda y aplaudidas en el 18 Congreso del Partido Socialista de Mallorca.

Como todo virus, el nacionalismo, muta, cambia, se trasforma y adapta. Puede presentarse y manifestarse como nacionalismo racial, como étnico o en su forma más moderna y sofisticada como cívico, pero todos ellos lejos de solucionar problemas de convivencia entre grupos culturales, lo que hacen es crearlos. La historia nos muestra como el nacionalismo nos ha sumido en guerras, exterminio de minorías, continuos reajustes de fronteras.

Los ciudadanos tenemos que vacunarnos contra el nacionalismo, y frente a la lealtad suprema a la nación, contraponer derechos individuales y múltiples identidades y lealtades.

09 mayo 2006

BILINGÜISMO Y SOCIOLINGÜISTICA DEL CONFLICTO

Sostiene la sociolingüística del conflicto[1], en la que se apoyan los nacionalistas catalanes, que el bilingüismo, cuando trasciende la esfera de lo individual y adquiere una dimensión social, deviene un conflicto lingüístico y cualquier conflicto de naturaleza lingüística acaba, necesariamente, desembocando en una situación de monolingüismo. Dicho de otra manera, para los nacionalistas, en Cataluña existe un conflicto lingüístico cuyo desenlace final no puede ser otro que el monolingüismo catalán. No puede ser de otra manera si, para ellos, su lengua es el ADN (Maragall), el nervio (Omnium Cultural) o el fundamento (Jordi Pujol) de la nación catalana. Aunque seas nacido en Cataluña, si quieres dejar de ser “inmigrante de tercera generación” debes abrazar el catalán como lengua de uso, no sólo en las aulas, también en el patio, en el recreo,..... en el fútbol o en la discoteca.

Dicen ellos, que el final monolingüista no es ideología, es la “ciencia de la sociolingüística la que demuestra la imposibilidad del bilingüismo, la que impone la desaparición de una de las lenguas que están en conflicto”.

Como afirman el sociolingüista Albert Bastardas y el sociólogo Norbert Elias, citado por el primero[2]: “El bilingüismo es un paso necesario para que una lengua sustituya a otra. Es una condición necesaria pero no suficiente, para explicar la evolución hacia el abandono intergeneracional de la lengua propia”. Para que se produzca esa sustitución resulta fundamental el papel de los poderes públicos. Bien que saben esto los nacionalistas y de ahí sus políticas lingüísticas. Sólo cuando la sustitución sea promovida por el poder político y las élites dominantes y durante mucho tiempo, se producirá.

Que catalán y castellano convivan y pervivan en Cataluña, sin supremacía de una lengua sobre la otra, depende de que la sociedad lo quiera, de que sus dirigentes lo quieran, pues ya sabemos que, incluso en democracia, unos ciudadanos cuentan más que otros.

Por razones históricas y migratorias, por todos conocidas, la realidad sociolingüística en Cataluña es única en el mundo, aunque haya alguna parecida. El bilingüismo forma parte de la identidad común y real de los ciudadanos de Cataluña frente a la identidad imaginada y moral que quiere construir el nacionalismo catalán.

La coexistencia y la perdurabilidad del castellano y del catalán es un valor compartido por la mayoría de la sociedad catalana. A nadie excluye, a nadie impone lealtades involuntarias. Tiene una función de cohesión, supone la imbricación de dos comunidades lingüísticas. Una sociedad que comparte valores de igualdad y solidaridad, no puede aceptar como “ley social natural” las relaciones de dominación y subordinación entre grupos lingüísticos distintos.

El bilingüismo por el que abogo es en primer lugar institucional: de los poderes públicos, de las instituciones públicas. Es también un bilingüismo social en el que ambas lenguas comparten los ámbitos formales e informales y en el que los poderes políticos, mediante una política lingüística, actúan e intervienen en el “mercado lingüístico” para corregir desequilibrios, no para crearlos.

Su carácter institucional y social es el que garantizará que los catalanoparlantes y los castellanoparlantes, si lo desean, puedan “vivir” en catalán, castellano o en ambos. Es decir, trabajar, ver televisión, ver cine, utilizar el ordenador, comprar…..y estudiar en catalán o castellano.

[1] Concepto cuya paternidad se debe al sociolingüista LLuís Viçens Aracil.
[2] Conferencia impartida en el Forum Universal de las culturas, Barcelona 2004

06 mayo 2006

LOS DERECHOS LINGÜISTICOS EN EL NUEVO ESTATUTO DE CATALUÑA

Muchos de los que vivimos en Cataluña pensábamos que la normalización lingüística del catalán significaba hacer que el catalán dejase de estar en desventaja en relación al castellano. Que las políticas de normalización pretendían la igualación entre castellano y catalán; que buscaban restituir el catalán a todos los ámbitos de la comunicación pública y privada y ocupar esos espacios en un plano de igualdad con el castellano.

En Cataluña muchos ciudadanos pensamos que los poderes públicos deben garantizar el conocimiento del catalán y del castellano, deben garantizar el derecho al uso de ambos, e incluso adoptar medidas encaminadas a conseguir la igualdad de uso de las dos lenguas.

Muchos pensamos también, que la administración y las instituciones públicas no tienen lengua propia, no pueden hacer suya la lengua de la mitad de la población y excluir la otra mitad. Son los ciudadanos los que tienen lengua propia y el derecho a su uso. Ellos son los que pueden expresarse sólo en catalán, sólo en castellano o en ambos. La administración, que ha de garantizar ese derecho, debería ser la primera que se dirigiera a los administrados en la lengua de éstos, ya sea de forma oral o escrita.

Los nacionalistas no piensan igual, para ellos la normalización lingüística es un proceso mediante el cual el catalán, a través de diferentes estadios: igualdad-preferencia-dominación-exclusividad, ocupe los ámbitos claves de la comunicación pública y privada.

El nuevo Estatuto recoge y plasma esta idea nacionalista. Así, si bien en su artículo 33.1 reconoce el derecho de opción lingüística para todos los ciudadanos, el artículo 6.1 lo restringe para los castellanoparlantes al establecer “el catalán es la lengua propia de Cataluña” y en consecuencia “es la lengua de uso normal y preferente de las administraciones públicas y medios de comunicación públicos de Cataluña”. Es decir, el castellanohablante tiene derecho a dirigirse a la administración en castellano, pero no tiene derecho a que aquella se dirija a él en su idioma. Por el contrario, los catalanoparlantes avanzan en el ejercicio efectivo de su derecho de opción lingüística mediante lo dispuesto en el artículo 33.2: “Todas las personas, en las relaciones con las administraciones de justicia, el ministerio fiscal, el notariado y los registros públicos, tienen derecho a utilizar la lengua oficial que elijan”….”y a recibir toda la documentación oficial emitida en Cataluña en la lengua solicitada”.

Con otras palabras, en la administración judicial, donde el catalán se encuentra en situación de desventaja, remueven los obstáculos para la igualdad y nada hay que objetar a ello. Lo que si resulta denunciable es que en la administración ejecutiva, directamente dependiente del poder político, plasmen y consoliden jurídicamente el estadio preferente-dominante del catalán…. con la vista puesta en la exclusividad.

26 abril 2006

LA LENGUA EN LA LÓGICA NACIONALISTA

El debate que en Cataluña suscita el tema lingüístico creo que pone de manifiesto que la lengua no sólo es un instrumento de comunicación, es algo más importante.

La mayoría de las personas sienten un vínculo emocional con su lengua propia, un vínculo que va más allá del interés puramente instrumental que puede atribuirse al uso de una lengua.

Considero que la lengua es uno de los rasgos de la identidad de las personas, del sentimiento de pertenencia. Precisamente por eso, las personas se toman cualquier desprestigio del estatus público de su lengua materna o propia como un ataque a su identidad. Es bien cierto pues, que la lengua une, lo que no es cierto es que la lengua separe. Separan los menosprecios, humillaciones o la intolerancia hacia la lengua.

Es el nacionalismo con su lógica y su edificio simbólico, convirtiendo a unas lenguas en subalternas de otras, quien convierte la lengua en un instrumento no solo de diferencia sino de separación, de ruptura.

Fue el nacionalismo español quien aprovechándose de las instituciones del Estado, convirtió el castellano en hegemónico en España y redujo el catalán, junto con el vasco y el gallego, al estricto ámbito de lo privado, sin ningún tipo de estatus social, reducido a lo folklórico e incluso considerado (durante el franquismo) dialecto del castellano. El nacionalismo catalán pretende, apropiándose de las instituciones de autogobierno, convertir el catalán en la lengua hegemónica en Cataluña y rebajar el estatus publico del castellano, por la vía de los hechos, e incluso del derecho, tanto como pueda. El nacionalismo español, en un territorio con varias lenguas, impuso una sobre las otras. El nacionalismo catalán, en un territorio con dos lenguas, quiere imponer una sobre la otra. No obstante, es necesario reseñar, se falta a la verdad cuando se afirma que el castellano se encuentra hoy en Cataluña tan perseguido como lo estuvo el catalán con Franco.

No es de extrañar y comprendo la desconfianza e incluso el resentimiento de muchos de los catalanohablantes hacia las instituciones del estado central. Puedo entender que muchos no se sientan representados en las instituciones de un estado que arrinconaba, menospreciaba su lengua y hería su dignidad. Es una herida abierta que el estado central y los castellanohablantes hemos de ayudar a cerrar aumentando el prestigio, uso y dignidad del catalán.

Lo que no se puede comprender, excepto si se analiza la lógica de la ideología nacionalista, es el empecinamiento del nacionalismo catalán, de manera especial el actualmente en el gobierno de Cataluña, de querer abrir en la sociedad catalana una herida o una brecha de similar o incluso superior magnitud (por los lazos familiares existentes entre ciudadanos castellanohablantes y catalanohablantes en cataluña). ¿Porque se obstina el nacionalismo catalán en construir una comunidad política en la que solo una lengua disfrute del estatus de lengua social o lengua societal, como dicen los nacionalistas liberales? Y sobre todo y más importante, ¿porque, a pesar de su cooficiliadad, se programa y se lleva a cabo la expulsión progresiva del castellano, lengua propia de la mitad de la población de Cataluña, de todos los ámbitos de la administración, desde la Generalitat hasta los ayuntamientos pasando por todo tipo de instituciones públicas? ¿Cómo puede ser entendido por los ciudadanos castellanoparlantes que en muchas de las instituciones públicas el uso de su lengua sea excepcional y tenga que ser justificado? Pues exactamente igual que antes expuse en relación con los catalanoparlantes y las instituciones del estado central; y produce, invariablemente: a) la misma deslegitimación institucional, estos ciudadanos no se consideran representados por las instituciones de autogobierno, sobre todo si se tiene en cuenta que el ataque al castellano es percibido como orquestado más desde el poder, que desde los ciudadanos; hoy por hoy, es mayor el grado de respeto que muestran los ciudadanos catalanohablantes hacia el castellano que el que muestran las mismas instituciones; b) quiebra de la confianza y c) sentimiento de ataque a su dignidad.

Llegados aquí algo debería quedar meridianamente claro: se debe de fomentar el prestigio, uso y dignidad del catalán, fuera y dentro de Cataluña. Se necesitan para ello políticas públicas orientadas a tal fin. Fortalecer el catalán no significa, ni puede significar, el confinamiento del castellano a la esfera estricta de lo privado, con la misma rotundidad reclamo prestigio, uso y dignidad para el castellano en Cataluña.

En Cataluña puede construirse una identidad común que hiciera del bilingüismo uno de sus principales rasgos. Este proyecto no destruye una realidad para construir otra, parte de una realidad bilingüe en Cataluña y la mejora, la robustece. Este proyecto si que sería un ejemplo, un caso catalán en Europa y en el mundo, con él si que haríamos, parafraseando a Lluís Companys, una auténtica contribución al patrimonio de la Humanidad y marcaríamos un surco en su Historia. Seguir ejemplos de apropiación de las instituciones de gobierno para imponer una u otra lengua, no nos hace diferentes, sino que nos inscribe, junto a otros, en las páginas más grises de la Historia.

23 abril 2006

LOS VICIOS DEL NACIONALISMO

Los nacionalismos de las llamadas "naciones sin estado" pecan de los mismos vicios que los nacionalismos de estado. Se quejan los primeros de que la construcción de los estados nacionales y su posterior desarrollo se ha hecho sin tener en cuenta la realidad plurinacional y plurilingüística del territorio donde el estado ejerce su jurisdicción.

Es bien cierto que para el nacionalismo de estado la construcción nacional consistió en construir la homogeneidad nacional dentro de su territorio, impidiendo e incluso destruyendo la posibilidad de desarrollo autónomo de las minorías nacionales interiores. Las instituciones de gobierno y las políticas públicas se utilizaron para privilegiar y promover una única identidad, lengua, historia y mitos.

No es menos cierto que con la llegada de la democracia y el acceso de los nacionalismos de las naciones sin estado a las instituciones de autogobierno se está poniendo de manifiesto que su construcción nacional reproduce la de los estado-nación que tanto critican. En el ámbito cultural: privilegian y promueven una única lengua en el sistema educativo, la administración, los medios de comunicación e incluso en las actividades privadas. En el ámbito político: propician la sobrerrepresentación de la identidad cultural nacionalista como criterio de mérito en la vida pública, administrativa. En el ámbito económico: trato preferencial de intereses, empresas, subvenciones para promover la asimilación.

En el proyecto soberanista que definió Carod Rovira en la conferencia pronunciada en L’auditori de Barcelona el día 27 de abril de 2005 dijo que: “el catalanismo del siglo XXI…..quiere hacer de este país [Cataluña] un gran país, un ejemplo de convivencia entre personas de identidades diversas, e incluso, simultáneas”. Flirtea aquí con el federalismo plurinacional dejando abierto el sentimiento de pertenencia o identidad a la libre elección de manera que los ciudadanos de Cataluña iguales en derechos y deberes puedan sentirse catalanes y/o españoles. El reconocimiento y amparo de identidades diversas seria coherente con la reivindicación permanente que el “nacionalismo de oposición” ha mantenido hacia el nacionalismo de estado.

No obstante, en la misma conferencia y al hablar de la construcción del “estado catalán del bienestar” afirma: “es imprescindible que el catalán sea la lengua vehicular y común de nuestro país como recurso básico de integración social y cultural, como pasa en todos los países del mundo. De lo contrario el multiculturalismo desvertebrado puede ser el primer paso hacia la disolución en la uniformidad impuesta. Además, si los nuevos catalanes no se integran a la nación catalana cívica y plural, lo harán a otra nación [la española]”. Se pone de manifiesto que la construcción nacional se quiere hacer según la lógica que utilizaron los antiguos estados nacionales, priorizando la nación imaginada sobre la nación real. En consecuencia, la presencia del catalán, que constituye el ADN de la nación imaginada, se privilegia mucho mas allá de donde su normalización y equiparación al castellano lo harían necesario en detrimento del bilingüismo, autentico exponente de la nación real. Para los nacionalistas, que quieren replicar el carácter monocultural de los estados nación, el bilingüismo es una anomalía histórica y no un valor diferencial positivo que haya que reconocer y preservar. Para ellos el catalán es la única lengua propia y realmente oficial de Cataluña. El castellano es oficial a regañadientes, porque la relación de fuerzas lo exige e impone, pero hay que ir expulsándolo, poco a poco, de las instituciones, de lo público y confinándolo a la esfera de lo privado, de lo estrictamente familiar. Su estatus quieren reducirlo hasta un nivel no mucho mayor o incluso igual al ingles. Se propicia su conocimiento académico pero por supuesto no como lengua propia, algunos incluso lo harían como lengua extranjera.
Casi treinta años de democracia demuestran que los nacionalismos de oposición, cuando gobiernan, son incapaces al igual que su hermano mayor, el nacionalismo de estado, de practicar la plurinacionalidad o el plurilingüismo. Por el contrario, reproducen a escala más pequeña el conflicto étnico por su incapacidad para articular comunidades nacionales heterogéneas, por su incapacidad para comprender y aceptar la nación real asumiendo que de la misma manera que Euskadi o Cataluña no son algo ajeno a España, ésta no es algo exterior a Euskadi o Cataluña, sino parte integrante de su compleja y plural identidad.

EL NACIONALISMO A DEBATE

LOS NACIONALISMOS. UNA APROXIMACIÓN.[1]


La revolución francesa y norteamericana, desde el punto de vista que nos interesa ahora, supusieron una ruptura con sus respectivas coronas, ejercieron la secesión frente a la monarquía en el sentido de que la legitimidad de los poderes públicos debía residir y proceder únicamente de la nación y el tipo de estado a que dieron lugar, el estado-nación, se ha impuesto en todo el mundo. En relación con el estado absolutista, que le precede, lo que cambia fundamentalmente es la fuente de la soberanía. Como la nación es el sujeto depositario de la soberanía todo se puede hacer en su representación y nada al margen de ella o contra ella. Dadas estas circunstancias, si la nación es origen, fuente y fundamento del poder legítimo, no nos debe de extrañar el debate apasionado y muchas veces crispado que provoca la palabra nación[2]. Los nacionalismos luchan con todas sus fuerzas por conseguir tan preciado tesoro. Luchan por su construcción y apropiación para legitimarse.

Para el nacionalismo, según Máiz[3], la construcción nacional se puede sintetizar en: 1) una previa etnicidad, 2) seguida de una matriz prepolítica de intereses comunes, 3) que culmina en la conformación de una identidad colectiva asumida por sectores más o menos amplios de la población, 4) que origina tarde o temprano, un movimiento nacionalista, es decir, una movilización política eficaz que consigue generalizar la existencia de la nación como una categoría política indiscutible 5) el cual reivindica, en fin, el derecho de autodeterminación.

La construcción nacional en aquellos estados donde ha sido necesario, es decir en prácticamente todos, se ha realizado a través de políticas asimilacionistas que persiguen, explícitamente, la creación de un nacionalismo de Estado, la imposición de una identidad étnico cultural (la de la nación mayoritaria) con carácter exclusivo, destruyendo la posibilidad de desarrollo autónomo de las minorías nacionales interiores. Estas políticas mayoritarias pueden sintetizarse en cuatro ámbitos fundamentales de actuación: 1) en el ámbito cultural: imposición de una única lengua oficial en el sistema educativo, la administración, los medios de comunicación e incluso en las actividades privadas (comercio, banca, publicidad etc.); 2) en el ámbito político: sobrerrepresentación directa o indirecta de la identidad cultural dominante como criterio de mérito para el ingreso en la vida pública, administrativa; 3) en el ámbito jurídico: imposición del derecho privado, civil y mercantil, instituciones, prácticas y convenciones de la nación mayoritaria; 4) ámbito económico: trato preferencial de intereses, empresas, subvenciones y privatizaciones en favor de las élites integradas en la comunidad mayoritaria.

El nacionalismo español no podía escapar a la lógica inherente al nacionalismo como ideología, y en la construcción del estado nacional español, ha querido construir una nación cultural, histórica y sentimental española a partir de la existencia de un Estado. Ha utilizado los fortísimos mecanismos del Estado para crear una conciencia nacional española generalizada en todo su territorio. La construcción nacional española consistió en construir la homogeneidad nacional. Los grupos dominantes utilizaron las instituciones de gobierno para privilegiar una identidad, un lenguaje, una historia y unos mitos. Las políticas públicas se utilizaron para promover un lenguaje nacional, una historia y mitología nacional, literatura nacional, símbolos nacionales, medios de comunicación nacionales, etc.

La “exigencia” de homogeneidad nacional hacia imposible atender las demandas de pluralidad que surgían de las “nacionalidades históricas”. El nacionalismo español ha respondido históricamente, haciendo oídos sordos, incluso a veces, con autentica aversión, como es el caso de las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco.

El sentimiento nacional diferenciado viene de lejos, en la temprana fecha de 1811, cuando se está configurando el Estado-nación Español, Muñoz Torrero se queja de que “si aquí viniera un extranjero que no nos conociera diría que había seis o siete naciones….Yo quiero que nos acordemos que formamos una sola nación, y no un agregado de varia naciones”[4] . En 1851 Joan B. Guardiola dice: “España no es, en riguroso y buen sentido de la palabra, una sola nación sino un haz de naciones”[5]. Ya se constata un problema de relación entre conciencia nacionalista y la organización de la nación.

El año 1898, Joan Maragall, escribió una “Oda a Espanya”. Un poema que comienza con una declaración explícita de españolidad: “Escucha España la voz de un hijo que te habla en lengua no castellana. Te hablo en la lengua que me ha dado mi tierra áspera. En esta lengua te han hablado muy pocos. En la otra, demasiado”. (Traducido del catalán).

Maragall, le pide a España que le entienda en esta lengua. En una España uniformizada, en la que oficialmente sólo ha existido una lengua española, en la que se ha querido reducirlo todo a los usos y costumbres y leyes de Castilla, pedir a España que entienda a alguien que le habla en catalán es pedir una España fundamentalmente distinta, refundada, convertida en un Estado capaz de acoger todas las culturas. Un Estado, plural, abierto. Maragall le pide a España que reconozca la lengua y la cultura catalanas, es decir, que reconozca su propia pluralidad y sus propias diferencias internas. Que no imponga a todos una lengua única y una cultura castellana.[6]

¿Si España hubiera reconocido y aceptado su pluralidad hubieran aparecido los “nacionalismos de oposición” en Cataluña, País Vasco o Galicia? No tenemos respuesta a esta pregunta, pero si es necesario subrayar que el nacionalismo español, atrapado en su ideología y en su lógica, no podía dar acomodo a las reivindicaciones “periféricas”. Todo estado nación jurídico, entendido como el conjunto de ciudadanos vinculados dentro de un territorio a un ordenamiento jurídico estatal, procura ser, también, una comunidad política imaginada (o nación política) y esto es mas factible o posible si esta última se corresponde con una comunidad cultural (o nación cultural). Cuando no hay correspondencia entre las tres acepciones (nación jurídica, nación política, nación cultural), que es lo que sucede en la inmensa mayoría de los casos, la función del nacionalismo estatal es procurar que la coincidencia sea posible o, como mínimo, que no se establezca una relación de oposición.[7] Del mismo modo, como un juego de espejos, todo nacionalismo de oposición tiene como horizonte la autodeterminación, o el de su voluntad política como nación soberana a constituirse en estado nacional.[8] Entre los nacionalismos de estado y los nacionalismos de las naciones sin estado, se establece una relación de competencia que solamente se resuelve por la victoria de unos u otro. Entre nacionalismos en competencia solo se pactan treguas o se buscan salidas negociadas (como pueden ser la autonomía y la federación), cuando no hay fuerza para imponer soluciones unilaterales. El nacionalismo antepone la lealtad nacional a cualquier otra lealtad y divide al mundo en lealtades nacionales exclusivas, que pueden coexistir entre ellas, incluso cooperar, pero también competir y, llegado el caso enfrentarse hasta la misma declaración de guerra. Analizando la lógica interna del nacionalismo podemos entender que en el territorio donde más de una nación, entendida como comunidad política imaginada, pretenda ser soberana, esta asegurada la existencia de un conflicto nacional.

Los nacionalismos sin Estado, como ya he apuntado, “reflejan” y mimetizan los principios de los Estados nacionales y reproducen así, a menor escala territorial, la insostenible lógica del Estado nación. La autodenominación misma de “naciones sin Estado”, apunta inequívocamente a que se reivindican los mismos procesos nacionalizadores: del principio de que cada Estado soberano debe albergar una sola nación, lo que justificaba las políticas asimilacionistas, se pasa al principio de que cada nación tiene derecho a su propio Estado soberano. Esto implica mantener la lógica subyacente: 1) la vinculación del Estado soberano con una única nación; 2) el carácter monocultural de los nuevos Estados nación; y 3) su conversión en Estados nacionalizantes al servicio de una cultura antes minoritaria y, tras la adquisición del autogobierno, mayoritaria.

No tienen en cuenta estos nacionalismos que: 1) Las naciones no son categorías naturales objetivas e inmutables, sino el producto de las políticas y regulaciones institucionales y culturales, son fruto de la acción humana y son cambiables, no dogmas; las naciones no tienen nacimientos claramente identificables y a continuación una serie de hechos históricos nacionales hasta la autodeterminación estatal; la nación real, liberada de nacionalismo, se basa en una cultura común y una identidad compartida abiertas permanente al cambio y que son el fruto de la suma de intereses y de la participación y deliberación democrática[9]; la nación no es un invento, no se construye el imaginario nacional de la nada, pero es el resultado de un proceso histórico material y moral en permanente cambio. Es un producto siempre inacabado. 2) la imposibilidad e indeseabilidad, en cuanto factor generador de una espiral de violencia, de que todas las potenciales naciones culturalmente definidas dispongan de territorios para construir Estados independientes; con 5.000-8.000 grupos etnoculturales en el mundo y solamente unos 200 estados, la simple aritmética dicta que la mayor parte de Estados (en este momento por encima del 90%) están inevitablemente destinados a compartir más de un grupo étnico, si no cantidad de grupos, lo cual significa que cualquiera que sea la legitimidad de la secesión o independencia no elimina la necesidad de otros métodos como vías de resolución de los conflictos étnicos. 3) La consideración de que todas las fronteras son arbitrarias y contienen en su interior mayorías y minorías, poblaciones mixtas y múltiples identidades individuales; los que defienden el derecho a la secesión pocas veces afirman que acabarán con el conflicto étnico, es generalmente reconocido que la secesión simplemente cambia de lugar el conflicto étnico y los derechos de las minorías, a menudo con consecuencias brutales en los nuevos estados.[10] 4) La valoración normativamente positiva de la convivencia plural, pacífica y enriquecedora de varias naciones en el seno de un mismo Estado, frente al, tan indeseable como imposible, ideal de correspondencia pura de naciones y Estados.

¿Como solucionamos el problema de convivencia entre naciones y culturas que generan los nacionalismos y para cuya solución ellos están incapacitados? Los primeros pasos hay que darlos en el terreno cultural y político. La cultura común en la que la comunidad política se asiente pondría en primer plano el pluralismo cultural y a título de ejemplo he aquí algunos de las medidas políticas a llevar a cabo: 1) Las instituciones de gobierno, en los diferentes ámbitos del poder central, autonómico o local, deberían promover la multiculturalidad, rechazando las políticas de construcción nacional que asimilan o excluyen a los miembros de minorías o grupos no dominantes. Deberían de fomentar una sociedad de ciudadanos iguales donde la identidad etnocultural no sea motivo de discriminación. 2) Se debería obligar a otorgar el mismo reconocimiento y favor a todas las culturas e idiomas de los grupos nacionales que conviven en su marco jurídico-político. 3) Los poderes públicos deberían examinar todas las políticas e instituciones públicas para evitar cualquier desigualdad. 3) Todas las instituciones públicas desde las escuelas, policía, juzgados, medios de comunicación a los hospitales combatirían la discriminación, abrirían espacios a la diversidad, promoverían la integración y presentarían una imagen más abierta de sociedad. 4) El sistema educativo debe introducir valores de autoestima por la propia cultura y respeto profundo por las demás, especialmente por aquellas que son la cultura de nuestros conciudadanos.

Los valores de tolerancia, respeto, compromiso, acuerdo, y mutuo reconocimiento deberían establecerse como principios esenciales para la resolución de los conflictos de intereses inherentes a las sociedades democráticas y plurales.

Habría que empezar por anteponer ciudadanía a nacionalidad cuando nos referimos al gobierno y al territorio. La ciudadanía nos hace iguales, nos identifica con una cultura pública común, nos hace sentirnos miembros de la misma comunidad política, por encima de las identidades nacionales o culturales de cada individuo y de cada comunidad nacional o cultural con la que también se siente identificado. España, Suiza, Canadá o Bélgica son, por ejemplo, comunidades políticas plurinacionales y multiculturales, pero constituyen una única comunidad política o demos; del mismo modo las comunidades autónomas españolas, los cantones suizos o las provincias canadienses, pueden tener una composición nacional y cultural más o menos homogénea, pero muy difícilmente serán completamente homogéneos en sentido nacional o cultural. Las identidades nacionales y culturales traspasan los limites de las comunidades autónomas, y la comunidad política o demos debe integrarlas a todas en igualdad de derechos.

Esto implica que los poderes públicos de las comunidades autónomas deben reconocer y amparar en la igualdad de derechos el grado de pluralidad nacional y cultural existente en su ámbito territorial, sin imponer una nación o cultura dominante sobre las otras. Tanto en España como en Cataluña, somos ante todo ciudadanos de España y ciudadanos de Cataluña. Por el contrario, la nacionalidad afecta exclusivamente a la libre identidad de cada cual, sin que los poderes públicos puedan imponerla. Un ciudadano de Cataluña puede sentirse catalán, andaluz, aragonés o de cualquier otra nacionalidad o cultura; también puede identificarse con más de una o con ninguna. Lo cierto es que estas comunidades existen, pero no coinciden necesariamente con el ámbito de gobierno de las comunidades autónomas respectivas. No todos los catalanohablantes viven en el territorio de Cataluña, ni todos los ciudadanos de Cataluña son catalanohablantes.

Lo lógico y razonable, en un sentido democrático, es que las Constituciones escritas de las comunidades (Estatutos) reconozcan las lenguas y culturas habladas en sus territorios respectivos, y regulen como lenguas oficiales aquellas que son habladas por la mayoría o parte importante de la población. El mismo principio debiera guiar a la Constitución Española. Esto es lo que sucede en Suiza, lo que no sólo no ha debilitado a la Federación, sino que la ha fortalecido en el reconocimiento de la pluralidad.

Es obvio que esto no sucede en la Constitución Española ni en el Estatuto de Cataluña. En el primer caso hay una clara discriminación en contra del catalán, el vasco y el gallego en comparación con el castellano. No hay igualdad de derechos entre las lenguas de España, y esto no es democrático. Al mismo tiempo, tampoco es aceptable la regulación de las lenguas catalana y castellana en el Estatuto catalán. Se comprende una cierta discriminación positiva del catalán como lengua minoritaria; sin embargo, esto forma parte de las políticas públicas que se pueden adoptar, pero en la norma básica de la Autonomía, lo normal y de sentido común es reconocer y regular como lenguas oficiales y “propias” el catalán y el castellano.

El modelo de Estado configurado en la Constitución de 1978, mediante el reconocimiento y garantía del derecho de autonomía de las nacionalidades y regiones, establece las bases para el encaje o acomodación de los nacionalismos catalán, vasco y gallego dentro del Estado. La constitución de 1978 supuso, de hecho, el comienzo, el punto de partida de la federalización[11] del Estado, porque si bien la descentralización política y administrativa se iniciaba como respuesta a una concreta circunstancia histórica, política y social y no a un supuesto modelo, su desarrollo ha dado lugar a: 1) Existencia de organizaciones de base territorial con competencias no sólo administrativas, sino también legislativas y de dirección política. 2) Distribución de los recursos financieros acorde con el reparto de las funciones estatales. 3) Participación de los entes políticos territoriales en una Segunda Cámara del Parlamento Central y en la ejecución de las leyes de éste. 4) Garantía de que las bases del sistema no pueden ser alteradas por ley ordinaria. 5) Mecanismo judicial para la solución de los conflictos que se deriven de esa particular estructura.

Si aceptamos España como lo que es, es decir, como una comunidad política fruto de la interacción reciproca de pueblos interdependientes, donde todos ellos poseen el legítimo derecho a que sus intereses y perspectivas sean tenidos en cuenta, la constitución, en su artículo segundo, quizás debería definir España como una “Nación de naciones” expresión que pretende incorporar a todos los ciudadanos del Estado, independiente de cual sea su afinidad nacional dominante a la condición de miembros de la nación española.[12]Por otra parte, los nacionalismos catalán, vasco y gallego, deben reconocer que España no es algo exterior a Cataluña, Euskadi o Galicia sino parte integrante de su compleja y plural identidad

El federalismo es considerado, por la mayoría de los estudiosos, como la más adecuada formula institucional de acomodación o encaje de la pluralidad nacional en democracias justas y viables. Todo ello por: 1) ser el federalismo un proceso basado en la negociación y el acuerdo, susceptible de arreglos diversos en interés de los actores colectivos en presencia; 2) suponer el abandono de la atribución unilateral de la soberanía, en aras de una soberanía compartida; 3) implicar unidad y diversidad: un proyecto de convivencia común desde el pluralismo cultural y la diversidad, tanto en el conjunto del Estado como en el interior, y esto resulta decisivo subrayarlo, de las nacionalidades o regiones; 4) articular de modo indisoluble autogobierno y gobierno compartido: altos niveles de autogobierno se combinan, así, con la implicación de las nacionalidades y regiones en las decisiones centrales, mediante órganos de participación y deliberación multilaterales; 5) lo cual se traduce, en fin, en un proyecto de solidaridad e igualdad interterritorial, que fundamenta la cohesión social y la igualdad, manteniendo la diferencia multinacional.

La Constitución Española es el primer paso del Estado nacional español hacia un estado pluricultural/nacional. Las interpretaciones o modificaciones que remuevan obstáculos en el camino hacia un federalismo plurinacional se han de abordar y apoyar. Si bien a la Constitución es exigible que reconozca y garantice la realidad de un estado pluricultural/nacional, los Estatutos de autonomía, deben reconocer y garantizar la realidad pluricultural/nacional de los ciudadanos de Cataluña, País Vasco y Galicia.
[1] Este artículo es el fruto de un pequeño esfuerzo intelectual con la única finalidad de formar mi propia opinión en un tema en el que proliferan opiniones cargadas de emotividad y escaso análisis.
[2] Miquel Caminal. El federalismo pluralista, Ed. Paidós, 2002.
[3] Ramón Máiz. Nacionalismo y movilización política: un análisis pluridimensional de la construcción de las naciones, en Zona abierta, nº 79.
[4] En el diario de sesiones de las Cortes, t. VIII, el 2 de septiembre de 1811.
[5] Palabras de Joan B. Guardiola, El libro de la democracia, 1851, citado en Horst HINA, Castilla y Cataluña en el debate cultural, 1714-1939, Barcelona, Península, 1985.
[6] Vicenç Villatoro, Los nuevos horizontes del nacionalismo catalán. La factoría, Junio-Septiembre 2000. Nº 12.
[7] Miquel Caminal. Nacionalismo y Federalismo. Editorial Paidós.
[8] F. Letamendía. Juego de espejos. Conflictos nacionales centro-periferia. Internet.
[9] Ramón Máiz, “El lugar de la nación en la teoría de la democracia y el nacionalismo liberal., Revista Española de Ciencia Política, nº 3, 2001.
[10] Will Kymlicka y W. Norman. Ciudadanos en sociedades diversas. Internet.
[11] A diferencia de lo que ocurre en el ámbito científico, en el de la política, y, por supuesto, en el de la opinión pública española, el tema federal ha sido hasta ahora un tema tabú. Desde el fracaso, en el siglo XIX, de la Primera República y de su proyecto federal, 'federalismo' permanece en la memoria histórica del pueblo español como sinónimo de desorden, de anarquía, de cantonalismo y de riesgo de desintegración del Estado. Y es por ese motivo por el que los pocos políticos de este país que se atreven a hablar del tema lo hacen siempre con extraordinaria cautela y remitiendo sus propuestas a un futuro más o menos lejano y en todo caso incierto.
[12] Ferran Requejo y E. Fossas, Asimetría federal y Estado plurinacional.